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El cura de los pobres
jueves, 20 de septiembre de 2007

Con este honroso título es conocido por todos los lugares de Andalucía aquel cura recién ordenado que llega en agosto de 1969 a Los Corrales, un pueblo sevillano de 4.000 habitantes, en una comarca de latifundios y de jornaleros, dispuesto a vivir la radicalidad de su compromiso cristiano al servicio de los pobres y de la justicia.
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A los pocos días de llegar, ve mucho ajetreo en el pueblo; camiones cargados de enseres domésticos y autobuses repletos de gente que se marchaba. La concurrida plaza que hay ante la iglesia se agitaba aquella mañana con las voces de despedida y las lágrimas. Extrañado, pregunta: "¿Qué pasa?". Y le responden: "Ná, que se van a los espárragos a Navarra. Aquí sólo se quedan los  maestros, los guardias, el médico, los viejos y el cura..." Diamantino contesta: "Eso era antes. Hoy, el cura también se vá"...

Desde ese día el cura se hace jornalero y temporero, decide vivir como una más toda su vida. "Me interpeló tanto aquella vida -confiesa Diamantino- que yo no tenía justificación si me quedaba a la sombra de los santos, encendiendo velas o despachando papeles. Porque yo no soy cura por profesión, sino por vocación".
Y se hace carne de emigración, carne de jornalero andaluz. Decide encarnarse, tomar la carne de sufrimiento de los pobres de pueblo. Pronto es muy conocido y querido por los emigrantes de todas las campañas y de todos los tajos, andaluces o no; respetado o temido por su sinceridad y entrega por las autoridades y jerarquías civiles y religiosas; perseguido, multado, encarcelado, vigilado...
"Este es de los nuestros. Este es de fiar"... dice la gente. Su compromiso va creciendo a la medida de la grandeza de su corazón y de los duros problemas de los jornaleros andaluces... Por eso, en 1976, forma parte del grupo fundador del Sindicato de Obreros del Campo (SOC) que ha sido protagonista de luchas muy radicales en el campo andaluz. "Deseamos cambiar la situación  -predica desde el Sindicato- para que el pueblo pobre se vaya librando de tanto sufrimiento y lograr una Andalucía más humana. Con palabras y buenos propósitos se consigue bien poco. Nos hemos visto obligados a luchar contra los opresores con el fin de conseguir: tierras para poder trabajar y producir, trabajo para poder vivir honradamente y dignidad para sentirnos personas respetadas".
Imposible rememorar aquí tanta vida y tanta lucha. En 1991 funda y extiende en Andalucía la Asociación Pro Derechos Humanos, cuando ya el cáncer ha llamado a su puerta sin clemencia. Siempre desechó los puestos políticos aunque ofertas no le faltaron. Tan sólo unos meses antes de morir le propusieron el cargo de Defensor del Pueblo Andaluz, que también rechazó. Él ha apostado por los últimos, por los pobres, y eso es lo único que quiere vivir: "Quienes nos comprometemos con el Evangelio de una forma seria tenemos que optar por los pobres. Esto significa aquí y ahora ponerse del lado de los oprimidos: marginados, gitanos, jornaleros, inmigrantes, parados, presos, drogadictos... Y consecuentemente, denunciar a los que causan dolor, la pobreza del pueblo, la emigración, la ignorancia de la gente, el miedo y la humillación...
El eje y el centro de toda su vida es siempre el seguimiento de Jesús en un compromiso insobornable con la realidad que le envuelve. Asume el Evangelio con radicalidad, a fondo, sin concesiones ni trampas. Su palabra es la propia vida coherente y arriesgada. Vive y después habla o, mejor, habla al mismo tiempo que lo vive. En este sentido le gusta repetir: "El mejor predicador es fray ejemplo"... Supo siempre "predicar y dar trigo", cosa poco frecuente en los profesionales de la palabra, sea ésta civil o eclesiástica.
Su vida y la fe que la impulsaba estaban enraizadas en el Dios de Jesús de Nazaret y en el Pueblo Pobre. Comparte la existencia dolorida de los últimos de la fila y se hace altavoz y defensor de sus justas causas, las que muchos llaman causas perdidas. "La vida sólo tiene sentido si es para servir a los demás", repite incansablemente.
Es infatigable en el trabajo y tiene una enorme capacidad para llevar adelante muchas tareas a la vez y complicar e implicar a otros. Sus entrañas solidarias le empujan a alistarse a todas las buenas y dignas causas y a hacerlas suyas de corazón, dándoles mucho de sí mismo a todas ellas.
Seguro que una porción importante de todo esto lo aprendió en el ámbito familiar, al calor de su propia madre, Esperanza, una gran mujer que irradiaba esperanza y humanidad por donde pasaba. Una gran cristiana que siempre espoleó y animó a su hijo a ser como era y a hacer lo que hacía.
Diamantino era un "seductor": disponía del don de la persuasión , de convencer sin avasallar y de razonar sin imponer. Es capaz de venderle hielo a un esquimal. Sabe impulsar, animar y convencer con sencillez y claridad. Junto a él y su palabra cálida los desanimados cantaban, los escépticos se ponían en marcha, los desesperanzados reían y los acobardados salían a la calle del compromiso. Y, sobre todo, los pobres y marginados se alegraban y recuperaban dignidad y esperanza.
Jamás doblegó su fidelidad, aunque le empujaron con fuerza desde numerosos flancos. Le combatieron muchos y desde muchos aspectos. Le infligieron hondas heridas, pero de todas ellas se recuperaba y seguía con más bríos. Nunca deja de cantar aquella canción que le gusta: "Gracias a la vida, que me ha dado tanto..."
Porque era un utópico imperdonable. Creía y se movía por la utopía de hacer avanzar un mundo solidario y humano. Creía y se movía por hacer una Iglesia más creíble y más profética, alejada de las ataduras del poder y del ensimismamiento estéril. Creía y se movía porque Dios estaba en él.
Sobre él hablaron en la radio así: "Diamantino era el corsario de Dios y el hombre allí donde al hombre no le llegan nunca los encargos de Dios. Y era su abogado y su escudo, su mano y su voz. En el campo y en cualquier lugar donde la pobreza o la marginación necesitaran la urgente y casi siempre extrema unción de la palabra y el aliento.."
La Hostia y el mendrugo a un tiempo. El Padrenuestro y la reivindicación obrera a un tiempo. La Palabra de Dios y el silencio del hombre. La paz para los buenos y la guerra contra quienes no les dejaban vivir. Púlpito y olivo. Altar y labrantío. Cáliz y cántaro... Y siempre esa voz insobornable, siempre esa idea, tan pacífica y tan guerrera a un tiempo, contando la verdad sin pliegues, tan sencilla como tú: "Medio mundo se muere de hambre y otro medio de colesterol; y así no hay manera".
En la mañana del jueves 9 de febrero de 1995, Diamantino dice: "Me voy". Así lo hizo. Parte hacia el lado invisible de la vida. Como Jacob con el ángel, así combatió a la enfermedad con sus ganas de vivir y otorgándole sentido, logrando aplazar la partida seis años. Ya le estaban llamando: "Ven, bendito de mi Padre, porque tuve hambre y...". Era el susurro amoroso de la Vida.
"La enfermedad me visitó con un zarpazo fuerte y yo la recibí como una muestra de la debilidad humana y de la pobreza que tiene que llevar uno que es creyente, uno que cree en el misterio de la vida y de la muerte. Me agarré a esas hermosas palabras de santa Teresa de Jesús y en el hospital, entre quimioterapias y operaciones me dieron una fuerza enorme:
"Nada te turbe, nada te espante,
todo se pasa, Dios no se muda,
la paciencia todo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta:
Solo Dios basta".
Esteban Tabares

Modificado el ( viernes, 21 de septiembre de 2007 )
 
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